La vida de Laura Martínez comenzó en medio de una crisis.
Nacida con un peso de 11 libras (cinco kilogramos), sufrió complicaciones durante el parto al quedarse atascada en el canal del parto. En el frenético esfuerzo por salvarla, se le desgarraron los nervios del brazo derecho. La trasladaron rápidamente a la unidad de cuidados intensivos neonatales (UCIN) del Hospital Infantil de la Universidad de Loma Linda (HIULL) en Loma Linda, California, Estados Unidos. Allí, diminuta e intubada, permaneció durante casi un mes.
«Siempre he sabido lo que me pasó en la UCIN», dijo Martínez. «Ha sido parte de mi vida desde el principio».
La lesión dejó su brazo derecho visiblemente más débil, con movimientos limitados. A medida que crecía, el HIULL siguió siendo una constante, con cirugías, fisioterapia y revisiones médicas. Sin embargo, en lugar de ver el hospital como un lugar traumático, Martínez comenzó a verlo como un lugar de posibilidades.
«Simplemente sabía que quería ser enfermera», dijo.
Esa ambición no siempre fue bien recibida. En la escuela de enfermería, a Martínez le dijeron que debía abandonar los estudios, que su discapacidad suponía demasiadas desventajas. Pero ella se negó. En cambio, se esforzó aún más: tuvo que aceptar tres trabajos a tiempo parcial mientras estudiaba, decidida a demostrar su valía.
«Creo que me traumatizó que la gente me dijera que no podía hacerlo, así que me esforcé al máximo, solo para demostrar que sí podía».
Su perseverancia dio sus frutos. Un compañero de clase le comentó que había una plaza disponible en el programa de residencia de la UCIN del HIULL. Martínez dudó, casi demasiado tiempo, antes de presentar su solicitud unas horas antes de la fecha límite, y fue aceptada.
Ahora, nueve años después, recorre los mismos pasillos donde una vez yacía envuelta en una incubadora. Cuida a los pacientes más frágiles: bebés prematuros, bebés nacidos con complicaciones graves, recién nacidos que luchan por respirar.
Para ella, el trabajo es algo personal.
«Los padres llegan con mucha tristeza porque este no es el plan de parto que imaginaban», dijo. «Siento que hay una razón por la que estoy allí, para darles un poco de paz, aunque solo sea con una pequeña actualización».
Su capacidad para hablar español a menudo crea un vínculo instantáneo con las personas que solo hablan español, y ella está agradecida de poder utilizar sus habilidades bilingües para ayudar a los pacientes a comprender las complejidades del diagnóstico de sus hijos.
A veces, las familias cuyos bebés sufren distocia de hombros, la misma complicación que ella padeció, encuentran consuelo en su historia. «Me dicen: “Bueno, entonces no es tan grave”. Y yo les respondo: “Todo depende de cómo lo enfocas”».
El trabajo es exigente, tanto emocional como físicamente. Pero para Martínez, también es sanador.
«Es como si algo dentro de mí se sanara cada vez que voy a trabajar», afirma.
Ahora, mientras continúa con sus turnos en la UCIN, Martínez está cursando un doctorado para convertirse en enfermera especializada. Espera hacer un seguimiento de los graduados de la UCIN en clínicas de alto riesgo, cuidándolos a medida que crecen.
Al mirar atrás en su propia vida, desde que era un frágil recién nacido hasta convertirse en una enfermera experimentada, Martínez ve más que una coincidencia.
«Siento como si todo estuviera ya escrito», dice. «Como si este fuera el lugar donde siempre debí estar».
El Hospital Infantil de la Universidad de Loma Linda ha sido nombrado uno de los mejores hospitales de maternidad de Estados Unidos en 2025 por Newsweek y Statista, reconocido por su excelencia en la atención a madres, recién nacidos y familias con servicios integrales, que incluyen salas de cesáreas y una UCIN de nivel IV.
El artículo original se publicó en el sitio de noticias de la Universidad de Loma Linda. Únete al canal de WhatsApp de ANN para conocer las últimas noticias adventistas.







