En una noche de Año Nuevo, Marco Estrada caminaba sin rumbo por las calles, atrapado desde hacía años en el alcohol y las drogas, cargaba una profunda sensación de soledad. Con lágrimas en el rostro, regresó a su vivienda y, de rodillas, elevó una oración que marcaría un antes y un después en su vida:
“Señor, ya no puedo más. No quiero seguir viviendo así. Quiero cambiar… no dejaré de orar hasta que me respondas”.
Esa noche, agotado, se quedó dormido arrodillado en el suelo de su habitación, pero con la semilla de un nuevo nacimiento ya plantada en su corazón.
La iglesia y su transformación
Fueron cinco meses de lucha. Mientras conducía su mototaxi para ganarse la vida, enfrentaba la depresión, la abstinencia y las tentaciones. A menudo lloraba mientras manejaba su mototaxi, cuando caminaba por las calles o al cerrar la puerta de su habitación. Aún con ese dolor, no se rindió.
Decidió asistir a la Iglesia Adventista “Nueva Esperanza”, ubicada en el distrito de Villa María del Triunfo (territorio de la Misión Peruana Central Sur), en la zona sur de Lima, Perú. Allí comenzó a estudiar la Biblia y, pronto, sintió el deseo de compartir con otros cómo Dios lo sostenía en su proceso de cambio.
En esa misma iglesia conoció a Eduardo Dueñas, un hombre que Dios usaría para guiarlo al siguiente paso de fe. “El Señor me manda para que te bautices; mañana puedes bautizarte”, le dijo Eduardo. Marco, convencido, respondió: “Yo oré y le dije a Dios que quería servirle. Sí lo voy a hacer, me voy a bautizar”.
Una nueva vida con propósito
Su primer llamado para la misión fue a predicar en un centro de rehabilitación para personas con dependencia al alcohol y las drogas. Marco cuenta que solo con la ayuda de Dios las palabras fluyen para contar su testimonio. Muchas personas han sido conmovidas por el Espíritu Santo y motivadas a estudiar la Biblia. Solo este año, 25 personas han decidido ser bautizadas tras escuchar su testimonio y su guía, junto con el acompañamiento fiel de Eduardo.
Marco continúa trabajando con su mototaxi, que ya no es solo su sustento, sino su “moto misionera”, porque con ella lleva esperanza, oración y estudios bíblicos a cada rincón donde Dios lo envía. Allí donde va, su vida es una evidencia viva del poder transformador de Dios.
Además, cada día agradece por los adventistas que oran por él porque cree que nada de esto sería posible sin esas oraciones. A donde va, la gente no ve únicamente a un hombre, sino que ve el poder transformador de Dios.
Su historia demuestra que para Dios no hay imposibles, porque con Su amor, puede transformar la vida de cualquier persona que se rinda a Su poder y convertirlo en un instrumento poderoso para llevar luz y restauración.
El artículo original se publicó en el sitio de noticias en español de la División Sudamericana.








