Según la presentadora Vanesa Pizzuto, el latido del plan estratégico Yo Iré no comienza con la acción, sino con la comunión. Antes de la misión viene el compromiso y la conexión. Durante el Congreso de la Asociación General 2025 en St. Louis, Missouri, esta prioridad fundamental cobró vida a través de presentaciones sabáticas, discusiones en grupos pequeños, reuniones administrativas, testimonios sinceros y un video que nos llevó a un viaje al corazón espiritual de la identidad adventista.
El plan Yo Iré para 2025-2030 presenta una visión global, alineando los recursos con metas medibles e invitando a cada miembro a desarrollar planes de acción contextuales. En el centro de esta estrategia hay cuatro prioridades espirituales: Comunión con Dios, Identidad en Cristo, Unidad por medio del Espíritu Santo y Misión para Todos.
«Necesito ser revivido en mi propia vida», compartió Mike Ryan, uno de los arquitectos del plan. «Necesito encontrar mi identidad en Cristo, ser guiado por el Espíritu Santo y participar en la misión». Para él, el plan es más que una estrategia, se trata de una renovación espiritual que comienza con la comunión personal.
Comunión con Dios
Los adventistas del séptimo día creen que la conexión profunda y diaria con Dios es la base de la madurez espiritual. Como dijo Jesús: «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en míí» (Juan 15:4). Esta permanencia es la fuente de la fecundidad espiritual. Guiados por el Espíritu Santo, la comunión con Dios crece a través de prácticas intencionales: la oración, el estudio personal de la Biblia, la adoración regular, el servicio, la mayordomía y la aplicación de los principios del Espíritu de Profecía. Estas prácticas no deben abordarse como una lista de tareas diarias, sino como ritmos de gracia que moldean a los creyentes desde dentro.
Esta visión no se limita a documentos de política o informes estratégicos. En todo el mundo, ya está dando frutos. En la República Dominicana, una maestra invitó a sus alumnos a escribir sus peticiones de oración personales y colocarlas en una cápsula del tiempo. Un año después, la abrieron juntos y celebraron cómo Dios había respondido. En Wisconsin, Estados Unidos, los escolares adventistas utilizaron un mapa mundial de Misión a las Ciudades para orar cada día por un centro urbano diferente. «Oran por las ciudades, las familias, las comunidades», dijo su maestra. «Han aprendido que la misión comienza de rodillas».
Lisa Beardsley-Hardy, directora de Educación de la AG, recordó a los asistentes que los planes deben vivirse, no solo escribirse. «La estrategia es para los aficionados; la logística es para los profesionales», mencionó. «Para que Yo Iré tenga éxito, cada institución y cada miembro deben poner en práctica estos objetivos espirituales, hacer un seguimiento de ellos, vivirlos y medir el crecimiento en la devoción, tal y como hacemos en la evangelización».
Una familia transformada por la oración
En la India, el camino de fe de Anil comenzó en un momento de desesperación. Aunque no era cristiano, aceptó la invitación de su esposa para asistir a la iglesia y oró por algo muy personal: un hijo. Después de un año de oración y estudio de la Biblia, nació su hijo. Pero poco después, Anil sufrió un accidente automovilístico que puso en peligro su vida, con solo un 50 % de posibilidades de sobrevivir. Su iglesia comenzó a ayunar y orar por él todos los días. Dos semanas más tarde, comenzó a recuperarse. Luego se produjo otro milagro: su madre, que se había negado a someterse a una operación de corazón durante 25 años, accedió a hacerlo tras ser testigo de su curación y sobrevivió. Inspirados por esto, muchos familiares comenzaron a asistir a la iglesia. Cinco ya se han bautizado. Su padre, que antes se oponía al cristianismo, ahora dice: «Solo Dios pudo haber salvado a nuestra familia».
Dwain Esmond: Las cuatro dimensiones de la comunión
En una presentación principal, Dwain Esmond, director asociado del White Estate, compartió un recordatorio convincente: la comunión no es solo personal, es comunitaria, misional y eterna. Así es como explicó cada una de ellas.
Comunitaria: La comunión comienza en el compañerismo. Desde el principio, la Deidad modeló la unidad y la conexión («Hagamos al hombre...»). Dios diseñó a la humanidad para tener una relación con él y entre nosotros. En la iglesia primitiva e incluso en el desierto, Dios buscó habitar con su pueblo.
Personal: La comunión es íntima. No basta con asistir a la iglesia, es un caminar diario con Dios por medio de la oración, el estudio de la Biblia y la reflexión en silencio. El mismo Jesús nos dio ejemplo de ello, por ejemplo, pasando noches en oración antes de elegir a sus discípulos.
Misionera: La verdadera comunión se desborda en misión. Cuando pasamos tiempo con Cristo, nos sentimos impulsados a servir. La comunión alimenta nuestro propósito y nos impulsa a amar, dar testimonio y trabajar por las almas necesitadas.
Eterna: La comunión con Dios es el comienzo de la eternidad. Como recordó Esmond a la audiencia: «Debemos estar con Dios antes de poder hacer nada por Dios».
«De este modo, la comunión no es opcional, es el sustento espiritual de todo creyente. Y cuando nos conectamos verdaderamente con Dios, somos transformados, las familias son transformadas y las iglesias son empoderadas para compartir el evangelio sin concesiones», añadió.
La comunión nos invita no solo a ser transformados, sino a asumir la responsabilidad de nuestro llamado. La respuesta natural a permanecer en Cristo es decir: «Yo iré». En el escenario del Congreso de la AG, se erigía un poderoso recordatorio visual: la icónica escultura «Iré». Se invita a cada visitante a visitar la sala de exposiciones donde se exhibe la escultura, entrar en el espacio vacío donde debería estar la «I» [Yo] y tomarse una foto simbolizando su propio «¡Sí!» al llamado de Dios. «Ese espacio vacío está ahí para ti», dijo Mark Ryan. «Tú eres parte de esto».
Al final, la comunión no es un programa ni un eslogan. Es el comienzo mismo de la misión. Cuando los creyentes se detienen a escuchar, a permanecer, a orar, se transforman. Y de esa transformación fluye el servicio, no por presión, sino por presencia.
El próximo artículo de esta serie explora el segundo pilar: Identidad en Cristo, un llamado a permanecer firmes en la verdad de las Escrituras y redescubrir lo que significa pertenecer a Jesús en el complejo mundo actual.
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